La Historia del Partido Conservador Colombiano

La República Liberal (I)

De tiempo en tiempo los escritores liberales y los simples comentadores de los hechos históricos se suelen referir a los acontecimientos nacionales sucedidos a partir del año 1946 en términos de simple referencia, dando por supuesto que todos los colombianos tienen a esa como una fecha luctuosa para la Patria por haberse terminado una etapa feliz y comenzado otra de vergüenza y dolor para la Nación a causa de la finalización, en ese año, del ciclo histórico protagonizado por la República Liberal. Y sus órganos de opinión, cada que pretenden invocar la adhesión electoral a los candidatos liberales que en algún momento aspiran a la consagración popular, recurren al expediente de pedir a los adormecidos electores que solamente recuerden 1946, encerrando en esa fecha toda una consigna política que no requiere explicación.

Por la sola virtud de la repetición sistemática, y sin que la historia haya emitido un veredicto, a alguna gente de ambos partidos -especialmente dentro de la juventud - le ha dado por creer que, efectivamente, hasta 1946 esta Patria nuestra era una arcadia feliz, gobernada de manera ejemplar por un equipo de patricios liberales que en desafortunada hora perdieron el poder a causa de una división intestina que abrió el campo para que el conservatismo asumiera las riendas del Estado, agrupación que para perpetuarse en el mando utilizó los factores físicos del Gobierno en contra del pacífico pueblo liberal, al que masacró y anegó en sangre durante algo así como una terrible década en la que campearon dos actores únicos: un partido conservador agresivo y sanguinario y un liberalismo manso y mártir. Es la etapa que se conoce con el apelativo de la violencia. La moraleja es sencilla: 1946 es fecha que cubre de merecimientos al partido liberal y referencia que baldona al partido conservador. Conforme a esa manera de interpretar la historia, el conservatismo debe, por tanto hacerse perdonar aquella etapa. Y el liberalismo desparramando su magnanimidad congénita, ha resuelto otorgar el perdón, no obstante que no olvida.

Empero, quienes conocemos los hechos, bien sabemos que las cosas no sucedieron así, y que las conclusiones son falsas porque se fundamentan en premisas mañosamente acomodadas. Y ya el país va estando en tiempo de debatir sin sentimentalismos lo que realmente aconteció entonces y señalar las causas reales que originaron aquel luctuoso y bárbaro capítulo de la vida colombiana.

Aproximación al tema

Aunque, como lo veremos, la violencia política data desde 1930, cuando con el advenimiento del partido liberal al poder, apareció en Colombia ese, hasta entonces, desconocido mal, nuestro estudio comprenderá el lapso corrido desde el 7 de agosto de 1946 - cuando asumió el mando el presidente Mariano Ospina Pérez -, hasta el 13 de junio de 1953, día en que el General Gustavo Rojas Pinilla produjo el golpe de cuartel que derrocó el régimen entre el sonoro aplauso y el unánime respaldo del partido liberal, acto que para el doctor Darío Echandía mereció el público calificativo de “golpe de opinión”. El presente trabajo se concretará a ese período, porque es exactamente ese el que rememoran los distintos comentaristas liberales cuando hacen referencia a la violencia política, ya que su capacidad numérica sólo les da para llegar hasta el año 1946, y de allí hacia atrás todo se les presenta nebuloso y esquivo por causa de una rara endemia de amnesia colectiva que únicamente ataca a quien profese esas ideas.

Sobre documentos irrefutables de fácil verificación por el lector, iremos refiriendo los hechos políticos que se sucedieron en los 7 años durante los cuales ocuparon la presidencia de la República los doctores Mariano Ospina Pérez (1946 a 1950), Laureano Gómez (agosto 7 de 1950 a 31 de octubre de 1951, más el día 13 de junio de 1953 cuando habiendo asumido el mando fue derrocado) y Roberto Urdaneta Arbeláez (noviembre 1º de 1951 al 12 de junio de 1953).

Y desde ya prevenimos al leyente para que se aperciba de la permanente presencia del doctor Carlos Lleras Restrepo en los episodios que habrán de relatarse, y le vaya otorgando la responsabilidad histórica que pueda caberle por razón de su conducta. Habrá de notarse que los distintos personajes liberales entran y salen de la escena, pero la figura del doctor Lleras Restrepo permanece en el centro de todos los trajines políticos que fueron llevando al pueblo colombiano a la violencia.

La Hegemonía Conservadora

Aunque los intérpretes liberales de la historia piensan y escriben como si el partidismo en Colombia hubiera nacido en el año 1946, es útil recordar que ello no es cierto. Nuestro bipartidismo tiene más de 150 años y se remonta a los orígenes de la República. Lo que en 1946 aconteció fue la caída del partido liberal, después de regir los destinos del país durante 16 años, es decir, desde 1930 cuando llegó al poder con el doctor Enrique Olaya Herrera. Como bien se sabe, el doctor Olaya Herrera fue el candidato de “concentración nacional”, con aureola suprapartidista, que destacados colombianos opusieron exitosamente al partido conservador dividido alrededor de las candidaturas de Guillermo Valencia y Alfredo Vásquez Cobo.

Como preámbulo inmediato al año 1946 es indispensable, entonces, comentar cómo fue que el liberalismo gobernó a Colombia durante el lapso comprendido entre 1930 y 1946. Pero también es útil, para determinar contrastes, recordar, en pocas líneas, cual fue la República que el partido liberal, recibió en 1.930 de manos del conservatismo, que por 45 años la había gobernado, etapa que un tanto peyorativamente se ha denominado la Hegemonía Conservadora.

Y nada más propio que utilizar el testimonio de quien a más de haber sido un excelente escritor fue ponderado ciudadano que vivió por aquellas calendas: el insuperable Aquilino Villegas. Resume así, el gran Aquilino, lo que fue la Hegemonía Conservadora, dentro de la cual le correspondió actuar empenachadamente: “El partido conservador en cuarenta y cinco años de Gobierno logró dar unidad política a nuestra Patria al propio tiempo que fomentaba las secciones, departamentos y municipios, garantizándoles una autonomía administrativa amplísima: organizó el gobierno democrático en forma ejemplar, asegurando todas las garantías y libertades, fomentando la igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos. Ancló profundamente en las costumbres la República, el sistema republicano de Gobierno, dando una participación ilimitada al liberalismo en el manejo de la cosa pública. Delimitó al país por los caminos pacíficos, pudiendo suprimir casi prácticamente, el ejército regular. La libertad de prensa, de palabra, de reunión, de petición, todas las libertades fueron garantizadas sin excepciones. El golpe de cuartel desapareció de nuestras costumbres. La igualdad civil ante la ley y ante los juzgadores no tenía eclipses. La vida y la propiedad gozaban de un respeto absoluto por parte de las autoridades como en no importa qué país civilizado, y de una seguridad absoluta. Había paz, profunda paz en el interior, la paz del consentimiento y no la paz del miedo y de la violencia, porque la fuerza casi no existía. Había crédito; se le prestaba a la Nación, a las secciones y a los particulares con singular facilidad…. Y cuando llegó la hora, el partido entregó la suma del poder sin una vacilación, en el preciso momento en que todas las naciones de América española, casi sin excepción, daban el escándalo de la dictadura y del golpe de cuartel”. [1]

Como en varias oportunidades habremos de hacer relación a la fuerza armada, viene bien traer a cita el aparte de un artículo publicado por el doctor Aquilino Villegas en el año 1922 cuando por ser antiguo militante del partido republicano fue invitado por el doctor Alfonso Villegas Restrepo a sumarse a las filas del candidato presidencial general Benjamín Herrera durante la campaña electoral de 1921-1922. Describe en aquel escrito Aquilino Villegas a la fuerza pública de entonces, de la siguiente manera: “… por mucho tiempo escribí y hablé en público contra Concha y contra Suárez con toda la virulencia de que fui capaz, bajo el ojo, si no benévolo, sí resignado de las autoridades conservadoras. De las mismas garantías han gozado los oradores y escritores liberales y aún los socialistas. En una ocasión, en que un orador socialista despotricaba de lo lindo contra el clero, la propiedad, la ley y el gobierno, usando las palabras del más expresivo léxico popular, en la plaza principal de mi lugar, se fue la luz eléctrica, y se trajeron dos bujías que se pusieron en las manos de los agentes de policía, a lado y lado del orador, para protegerle y para alumbrarle. En un momento dado corrió por el público un murmullo de desaprobación y el jefe de la policía impuso silencio, pidiendo para el orador el respeto que se merecía”. [1]

Fuente:EL SIGLO, domingo 4 de diciembre de 1977

[1](1, 2) Aquilino Villegas. ob. cit. pág. 133